Ya han pasado unos años desde que abrimos, y nuestro concepto de Sex Shop iba cogiendo forma, íbamos aprendiendo más cada día y cada día mas clientes nos venían a visitar.

Mi hija me dijo un día «papá ¿porque no pintas la fachada de mi color preferido?”  y le dije… “vale.»

En esta época, nos íbamos dando cuenta de la importancia de un negocio como el nuestro en nuestro barrio; nos dimos cuenta de que nuestros clientes nos demandaban alegría, ideas para salir de la rutina, conocimientos de sus patologías, tiempo para escucharlos, y nos demandaban un lugar más acogedor donde la primera visita a un sex shop resultara lo menos incómoda posible. Nuestro cliente no venía buscando el producto más barato, ni un sitio vulgar. Y empecé a pensar en cómo se podía hacer eso…

Lo pintamos con otros colores, compramos muebles nuevos, iluminamos las cosas con luces indirectas, añadimos unas 500 referencias más al stock y mejoramos la fórmula de cómo atenderte…

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